Discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador durante los 200 Años de la Promulgación del Plan de Iguala y Día de la Bandera

CIUDAD DE MÉXICO, 24 de febrero de 2021

Amigo presidente de Argentina, Alberto Fernández:

Autoridades civiles y militares:

Pueblo de México:

La independencia de nuestra nación, como la de Argentina y de otros países hermanos de América Latina, se consiguió, como es sabido, por el debilitamiento del poder de la corona española y también por el empeño y la lucha de los pueblos de América y sus dirigentes para abolir la esclavitud y hacer valer la justicia.

Aquí, en Iguala, Guerrero, hace 200 años, Agustín de Iturbide, representante del ejército realista y Vicente Guerrero, auténtico líder popular, acuerdan consumar la Independencia de México.

Iturbide no solo había combatido a los Insurgentes, sino que en la víspera de la firma del Plan de Iguala mantenía informado al virrey Juan Ruiz de Apodaca, de quien dependía económicamente para mantener a su tropa con los suficientes elementos de guerra; por ejemplo, en una carta que le envía desde su cuartel de Teloloapan en este estado, en la Tierra Caliente, fechada el 10 de diciembre de 1820, le dice con toda franqueza o cinismo que era muy importante entregar dinero a los soldados pues por eso “aventuran los hombres sus vidas y hacen esfuerzos que no practicarían por algún otro estímulo”.

Como es obvio, Iturbide no creía en la abnegación del soldado que lucha por convicción y por la patria y no por la paga, como mercenario.

Por eso, cuando le escribe a Vicente Guerrero, el 10 de enero de 1821, “sin andar con preámbulos” según sus propias palabras, le propone que detenga la hostilidad y que se someta con sus tropas al gobierno; cito: “en el concepto de que yo dejaré a usted el mando de su fuerza, y aún le proporcionaré algunos auxilios para la subsistencia de ella.”

La respuesta de Guerrero no tardó: le recuerda que los españoles solo piensan en “mantenernos sumergidos en la más vergonzosa esclavitud” y agrega que “la dignidad del hombre es muy grande, pero ni ésta, ni cuanto pertenece a los americanos, han sabido respetar los españoles” y sobre su propuesta de someterse bajo el mando de Iturbide le pone como condición que primero se defina, le dice textualmente: “decídase usted, le dice, por los verdaderos intereses de la nación, y entonces tendrá la satisfacción  de verme militar a sus órdenes, y conocerá un hombre desprendido de la ambición que solo aspira a sustraerse de la opresión y no a elevarse sobre las ruinas de sus compatriotas” .

Guerrero termina diciéndole que “he satisfecho el contenido de la carta de usted porque así lo exige mi crianza y le repito que todo lo que no sea concerniente a la total independencia lo disputaremos en el campo de batalla”.

Pocos días después vino el entendimiento, el acuerdo, y en un día como hoy, pero de 1821, se proclamó aquí el Plan de Iguala, de las tres garantías: independencia, unión y religión.

Como símbolo del surgimiento de la nueva nación, se confecciona y enarbola la primera bandera del México independiente, con sus tres colores: verde, blanco y rojo, colocados en franjas diagonales; finalmente, tras la firma de los Tratados de Córdoba, Veracruz, y de otros arreglos y acuerdos políticos, el 27 de septiembre entra triunfante a la Ciudad de México el Ejército Trigarante, encabezado por Agustín de Iturbide, en compañía de militares del antiguo ejército realista y de caudillos independentistas como Nicolás Bravo, Guadalupe Victoria y destacadamente, aunque sin mucho protagonismo, de Vicente Guerrero, quien llevaba diez años en la lucha libertaria y fue subordinado leal de José María Morelos, el Siervo de la Nación.

Se había conseguido la Independencia política de México, luego de tres siglos de dominación colonial; pero la formación de una nación es un proceso permanente e interminable de confrontación de intereses y de proyectos, es una historia sin fin, máxime cuando se presentan cambios políticos pero permanecen intactas las estructuras de dominación heredadas del antiguo régimen, como sucedió luego de nuestra Independencia, con la persistencia de  prácticas coloniales esclavistas, la discriminación y el autoritarismo.

Muchas luchas por la justicia, la libertad y la democracia, han acontecido desde que se proclamó el Plan de Iguala hasta nuestro tiempo. Muchos han sido los sacrificios del pueblo y de sus dirigentes leales para enfrentar la reacción de los hombres del poder y de los grupos de intereses creados que se opusieron a la Independencia, la Reforma y la Revolución.

No se ha escrito todavía la historia de la represión en México, pero sin duda sería un relato sumamente cruel e inhumano. Nuestro pueblo, y en especial, sus comunidades indígenas y afromexicanas, han padecido exterminio, esclavitud, cepos, azotes, encierros, deportaciones, destierros, desapariciones, fusilamientos, despojos y muchas otras formas de represión.

Aquí en Iguala, por ejemplo; el representante de Vicente Guerrero para iniciar las pláticas y acordar con Iturbide fue el coronel José Figueroa, quien además era tesorero de las tropas insurgentes del sur, pero durante la Revolución, uno de sus descendientes, el gobernador Ambrosio Figueroa, protagonizó un suceso brutal y vergonzoso que puso en entredicho la buena fe del presidente Francisco I. Madero.

Aquí en Iguala, el 14 de febrero de 1912, fue asesinado arteramente el dirigente opositor Salustio Carrasco Núñez. Su fusilamiento se llevó a cabo en las afueras de Iguala y su cuerpo quedó abandonado frente al panteón: “Las cavidades de los ojos las tenía vacías… porque en ellos se le dio el tiro de gracia”. En una carta enviada a Madero, el 17 de febrero de 1912, el general Ambrosio Figueroa confiesa su crimen con singular cinismo. Empieza diciéndole que había ordenado “la ejecución de un tinterillo llamado Salustio Carrasco Núñez, el día 14 de los corrientes” y explica su felonía con un cruel relato; reconoce que “dicho individuo ciertamente no había tomado las armas en contra del gobierno, pero, eso sí –dice el gobernador de ese entonces– predicaba de un modo desembozado la rebelión diaria y públicamente, decía que el gobierno actual era un gobierno ilegítimo y otras necedades por el estilo; que Zapata, triunfaría –decía Carrasco– y entonces se implantaría un gobierno sólido y duradero; era, en fin, un hombre altamente nocivo tanto por sus doctrinas anarquistas que mucho influían en el ánimo de los incautos, como porque se había convertido en deturpador terrible del actual gobierno y en agente secreto del zapatismo al que buscaba diariamente adeptos. Quizá en el procedimiento contra el expresado haya habido alguna irregularidad, o no se llenaron debidamente los requisitos que establece la ley sobre suspensión de garantías; pero yo estoy resuelto a hacer la paz en este estado a costa de sangre y de cuanto sea necesario, pues conceptúo que ajustándonos por completo a procedimientos rutinarios, muchos de los culpables, si se quiere los más más peligrosos, podrían fácilmente escapar al castigo que justamente merecen y de esta manera nunca terminaremos. He querido poner todo lo anterior en el superior conocimiento de usted –le dice a Madero– a fin de que no se vaya a tratar de sorprenderlo, lo mismo para que usted, con su poderosa influencia, si fuere necesario, haga cesar el escándalo que tiende a ser muy grande, por la ejecución a que me he referido y a la que quizá no tarde tengan que seguir otras de no menos significación, pues estoy sobre la pista de una conspiración que parece se tramaba en ésta, teniendo por jefe al expresado Carrasco.” Hasta aquí la carta.

La actitud de Madero frente a este caso es por entero reprobable y contraria a sus convicciones humanitarias. El 17 de febrero de 1912, le escribe al gobernador de Guerrero, pero solo para lamentar que el fusilamiento, cito textualmente, “no haya cumplido con todos los requisitos legales”, al mismo tiempo que lo justifica, pues subrayo y entre comillas, “comprende” su actuación y le informa que fueron a verlo un grupo de guerrerenses y que procurará arreglar el asunto, también textual, de “modo conveniente”.

Este encubrimiento, a todas luces cuestionable, es de los pocos actos de incongruencia de Madero. Sin restarle responsabilidad, debe tomarse en cuenta que ya vivía asediado y sometido a fuertes presiones. La prensa porfirista, que dejó de recibir dinero del gobierno tras la caída de la dictadura, mantenía en su contra una permanente campaña de linchamiento político. Pero, sobre todo, el presidente se había distanciado de los campesinos y del pueblo raso, se encontraba prácticamente solo, dependiendo de militares, oligarcas y caciques que poco o nada ayudaban a la causa de la Revolución y que más tarde terminaron asesinándolo de manera infame.

Es probable que Madero no hubiese deseado contar con los servicios de los Figueroa en Guerrero o de Huerta a escala nacional, pero no tenía otra opción. En el terreno militar tenía muy pocos hombres, como el general Felipe Ángeles, y en el plano político también predominaban los oportunistas, proclives a traicionar en cualquier momento; por desgracia, no había muchos servidores públicos o políticos con ideales y principios.

En todo el tiempo transcurrido desde entonces, ese talante del pensamiento autoritario, de pensamiento conservador, no ha dejado de existir; echó raíces y se ha mantenido hasta nuestros días en todo el país, en Guerrero y aquí, en Iguala. Por ejemplo, sería imperdonable estar en esta ciudad sin recordar el lamentable suceso del 26 de septiembre de 2014, cuando fueron reprimidos y desaparecidos aquí jóvenes estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa. Ese día el autoritarismo mostró, de nuevo, su rostro siniestro y  se hizo evidente la complicidad del gobierno con la delincuencia organizada. Por eso se pretendió engañar con la denominada “verdad histórica”, según la cual los 43 jóvenes desaparecidos habrían sido quemados en un basurero del municipio limítrofe de Cocula.

Todo ese infundio se ha venido cayendo con las recientes investigaciones; sin embargo, es tan temible la asociación delictuosa que produjo esta tragedia y el pacto de silencio que establecieron, que aún con 82 detenidos y con el ofrecimiento de protección y recompensa, pocos de ellos hablan y todavía no sabemos a ciencia cierta dónde están los estudiantes de Ayotzinapa.

Pero esto no quiere decir que nos daremos por vencidos o nos cansaremos de buscar a los jóvenes desaparecidos. Por el contrario, el hablar de este caso aquí y en esta fecha, importantísima en la historia de nuestro país, significa continuar llamando al todo pueblo a participar, informando de todo lo que sepan sobre estos tristes hechos, y vengo a Iguala de nuevo a refrendar nuestro compromiso de no claudicar y seguir adelante hasta conocer la verdad, encontrar a los jóvenes y castigar a los responsables. El caso de Ayotzinapa es una espina que traemos clavada en el alma. Por convicción y como representante del Estado Mexicano, reafirmo el compromiso de continuar trabajando en coordinación con la Fiscalía General de la República y del Poder Judicial de la Federación para saldar la deuda que tenemos con las madres y padres de los muchachos, con Iguala, con la sociedad en su conjunto y con la honra de México. También, subrayo, por el optimismo al que hizo mención nuestro amigo Alberto Fernández, presidente de Argentina, no nos pueden quitar nunca el derecho a la esperanza.

Cuando existen sincera voluntad política y verdadero amor al prójimo, cuando se le tiene amor al pueblo y no hay lugar para componendas ni se permite la impunidad de nadie; la verdad y la justicia pueden tardar, pero finalmente llegan, y eso es lo que deseo  en este caso, de todo corazón.

Amigo presidente Alberto Fernández:

Agradezco su compañía y la de su esposa en este acto de conmemoración de los 200 años de nuestra Independencia. Se ha dicho muchas veces y lo repito, y aquí se expresó en la bienvenida en Iguala, México y Argentina son naciones hermanas. Nuestros pueblos han luchado siempre por la libertad, la justicia y la democracia y por la defensa de la soberanía, y en no pocas ocasiones esas luchas se han entrelazado.

Hace cuarenta y cinco años, en efecto, la dictadura militar que se abatió sobre su país provocó un éxodo de argentinos que recibieron en este país, cosa que me llena de orgullo, la condición de asilados y que enriquecieron nuestra cultura, la academia, la ciencia, las artes y otras dimensiones de México.

Hoy, muchos, muchos, mexicanos, mujeres y hombres de nuestra generación, disfrutan de la literatura de Jorge Luis Borges; recuerdan con admiración y afecto a Diego Armando Maradona y no dejan de invocar el arrojo y la congruencia de Ernesto “Che” Guevara; y yo, en especial, también le admiro a usted, digno presidente de Argentina, Alberto Fernández.

¡Viva la Independencia de México!

¡Viva Argentina!

¡Vivan los pueblos del Continente Americano!

¡Viva la fraternidad universal!

¡Viva la justicia!

¡Viva Vicente Guerrero!

Muchas gracias.

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