Discurso del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador con motivo de la victoria de Champotón, Campeche

CHAMPOTÓN, CAMP., 25 de marzo de 2021

Amigas y amigos todos de Champotón

Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia,

Luis Arce Catacora

Sra. Lourdes Brígida Durán Romero, esposa del presidente de Bolivia

Carlos Miguel Aysa González,

Gobernador del estado de Campeche

Autoridades municipales, autoridades civiles indígenas y autoridades militares:

Amigas y amigos todos:

Este acto es un homenaje a los héroes anónimos de la resistencia indígena que enfrentaron, hasta donde pudieron, el sometimiento de tres siglos impuesto por el régimen colonial, enfrentaron hasta donde pudieron el poderío avasallador de los invasores, y también resistieron las injusticias del periodo posterior a la consumación de nuestra Independencia.

Sobre la batalla de “la mala pelea”, el etnólogo Luis Barjau nos cuenta que lo que ya aquí también se narró; en 1517, Francisco Hernández de Córdoba salió de Cuba por orden del gobernador de esa isla, Diego Velázquez Cuellar, con la misión de invadir Yucatán para capturar indígenas y llevárselos como esclavos y, de paso, para canjear objetos españoles por oro.

La expedición estaba compuesta por 110 soldados y una flota de tres naves, dos de ellas de gran calado. Desembarcaron en las costas de las tierras bajas de la Península y tras un buen recibimiento inicial por los pobladores de lo que hoy es posiblemente Campeche, las autoridades indígenas les indicaron que se fueran pronto, al mismo tiempo que, según la crónica, escuadrones de guerra “dieron grandes silbidos, trompetillas y tunkules, y ademanes muy bravos”.

Por esta causa volvieron a zarpar y, “navegaron 10 leguas en 6 días hasta Champotón. La sed los obligó a desembarcar de nuevo. Pero cuando lo hicieron frente al pueblo, allí no hubo intercambio de objetos, la recepción fue abiertamente hostil y vieron venir muchos guerreros armados y ataviados para enfrentarlos.  Ocurrió entonces la famosa y ruda batalla, con bajas y heridos. Fue en la ‘Bahía de la Mala Pelea’. Aparecieron, según la crónica, muchos indios de guerra que arremetieron rodeándolos.

Sus armas defensivas de algodón, les llegaban hasta las rodillas; arcos y flechas, lanzas y rodelas, ‘espadas como montantes de a dos manos’. Estaban empenachados de plumas con las caras pintadas de blanco ‘y prieto’.

Eran los couch, los mayas más aguerridos de todos los reinos, hablantes del maya-chontal, en tierras pertenecientes entonces a Tabasco. Y ellos vencieron a los invasores, que “se fueron con sus grandes animales en los acales [barcos] para adentro del mar’, para desaparecer en el horizonte. 80 españoles heridos. Hernández de Córdoba recibió doce flechazos y Bernal Díaz, que integraba la flota, tres. Alonso Bote y un viejo portugués fueron capturados. Murieron 50 españoles. El resto huyó hasta los navíos. Dice la crónica: ‘Grita silbos y mayor persecución y se hundían los bateles por el sobrepeso mientras que otros nadaban. Al embarcarse todavía recibieron gran daño desde las canoas. Otros cinco españoles murieron después, de las heridas’.

Llegaron a La Florida en cuatro días. Allí, los lugareños arremetieron hiriendo a seis. Huyeron por la costa hasta encontrar agua. Regresaron a La Habana. Hernández se quedó en su encomienda de Sancti Spiritus. Murió diez días más tarde a causa de las lesiones.

Esas acciones de los aventureros marcaron la pauta de la conquista. Porque dos años más tarde Hernán Cortés, según testimonio plástico, inequívoco, del códice Lienzo de Tlaxcala –que resguarda el Museo Nacional de Antropología–, incendió todos los pueblos acuchillando a sus habitantes, que eran aliados a los tenochcas, en el trayecto que va desde Cempoala, Veracruz hasta la ciudad de México”.

En cuanto a la justificación de esta invasión violenta, se recurrió a la gran excusa, siempre utilizada por grupos poderosos o potencias del mundo, a lo largo de la historia, del sometimiento de etnias, sociedades y naciones en nombre de la civilización, el destino o la superioridad racial, religiosa o cultural.

La investigadora en literatura colonial, Beatriz Gutiérrez Müller, sostiene que “los principales conquistadores, según se puede leer en sus escritos, como Hernán Cortés, desde el inicio consideraron que los indígenas mexicanos vivían en estado de barbarie –algunos otros incluso señalaron algún tipo de salvajismo y de canibalismo– y que procedía civilizarlos y evangelizarlos. Cortés, por ejemplo, describió los templos mexicanos como mezquitas, insinuando que el Islam había llegado a América.

Cipriano de Cartago aseguró, según la investigadora, que la gentilidad de los indios americanos se debía a que el diablo había dejado Europa y sigilosamente se había trasladado a América para inducir a los indios a rechazar a Dios y a preferir al demonio. Poco antes se había llevado a cabo la conquista de los árabes en Andalucía y a los judíos se les había expulsado, así era más que pertinente, según la sugerencia, iniciar una conversión al mundo cristiano católico.”

Una vez dominado militarmente todo el territorio mesoamericano, comenzó el repartimiento esclavista de indígenas, la exigencia del pago de tributo a encomenderos españoles y el despojo de las tierras comunales para la creación de las extensas haciendas agrícolas y ganaderas.

La violenta explotación a que fueron sometidos los naturales y las enfermedades desconocidas traídas por los españoles, que los curanderos tradicionales no sabían cómo enfrentar y se convertían en epidemias, fueron la causa de la estrepitosa disminución de la población indígena en la primera década de la invasión colonial y de la brutal caída demográfica durante el resto del siglo XVI. Según James Killoran, Mesoamérica pasó de tener unos 25 millones de habitantes en 1519, a 17 millones en 1533 y a sólo dos millones en 1593. Se diezmó por completo la población.

Tanto se redujo la población que desde los primeros años de la Conquista los españoles empezaron a traer esclavos africanos a las Antillas y en nuestro país comenzó el debate sobre la sobreexplotar a la fuerza de trabajo nativa. De este tiempo data la sincera defensa de los indígenas encabezada por Fray Bartolomé de las Casas, pero también, de este tiempo es la postura de los mercaderes españoles con sus llamados pragmáticos a proteger y a no matar, según sus dichos a “la gallina de los huevos de oro”. Hacía falta la fuerza de trabajo.

Así surgieron las denominadas nuevas Leyes de Indias de 1542, en cuyos anales se ordenaba no esclavizar a los indígenas sino tratarlos como vasallos libres. Sin embargo, la realidad fue distinta, fue una amarga realidad. Ante el llamado problema de “falta de brazos” que se esgrimió hasta principios del siglo XX”, los indígenas fueron arrancados de sus comunidades para trabajar como peones acasillados en las haciendas; les arrebataron sus tierras fértiles, sus valles, y muchos, para conservar sus vidas y sus culturas, se vieron obligados a refugiarse en lo más recóndito de las montañas, en las barrancas, selvas, desiertos o, pantanos, en las conocidas zonas de refugio.

Este sistema inhumano de explotación que se impuso con la espada y la cruz se mantuvo prácticamente inalterable aun tras la consumación de nuestra Independencia política.

Durante todo el siglo XIX y hasta la Revolución, la población indígena padeció de opresión e incluso de exterminio, como sucedió durante el Porfiriato con las guerras del gobierno contra los mayas y contra los yaquis.

Asimismo, sigue vigente, por desgracia, el racismo impuesto por los conquistadores y afianzado durante los tres siglos de dominación colonial. Se continúa promoviendo la idea que la gente indígena tiene inclinación al mal, y que no entiende si no es por temor o por la fuerza; así como Manuel Orozco y Berra les dice: “indolentes y perezosos”, en las leyes agrarias del siglo XIX se les trata como “vagos y holgazanes” y en los últimos tiempos, como herencia colonial también, se siguen repitiendo los mismos o parecidos conceptos, lo cual incluso ha provocado que los mismos indígenas lleguen a avergonzarse de su identidad y a negar su cultura, sus extraordinarias culturas.

Debe decirse que la discriminación a lo indígena proviene de todas las clases sociales y hasta de los hombres más ilustrados o de mayor nivel académico. Se dice que, en una ocasión, cuando ambos estaban en el exilio, Benito Juárez, quien se había ganado la vida en La Habana en una fábrica de puros y era diestro en forjarlos, le ofreció uno a Melchor Ocampo, que era un liberal íntegro e inteligente; Ocampo vio el puro y lo rechazó citándole, según él en tono de broma, el refrán que dice “indio que fuma puro, ladrón seguro”.

De acuerdo con esta anécdota, Juárez le respondió: “lo primero no lo puedo negar, pero con lo segundo no estoy conforme”. En otras palabras, son indígena, pero no ladrón.

Más allá de esta anécdota del siglo antepasado, en la actualidad persisten muchas expresiones y actitudes racistas de ese tipo. Recuerdo dos: en 2007, un maestro de economía del ITAM, y para nuestra vergüenza, secretario de Hacienda del entonces gobierno legítimo, escribió un artículo en el periódico La Jornada, utilizando la ofensiva y muy conocida frase: “no tiene la culpa el indio sino el que lo hace compadre”. El otro caso de hace poco, en 2015, es la grabación de una llamada del actual director del Instituto Nacional Electoral, quien después de recibir en audiencia a una representación indígena, se mofa de la forma de comunicarse de uno de ellos, expresando: “había uno…no te voy a mentir, te voy a decir cómo hablaba…” y empieza a imitarlo con voz grave y burlona: “yo jefe, gran nación chichimeca, vengo Guanajuato. Yo decir aquí o diputados, para nosotros, yo no permitir tus elecciones”.

En fin, expongo sobre esta cuestión que muchas veces se soslaya, porque la Cuarta Transformación que está en marcha, tiene como tarea combatir el clasismo, la discriminación y el racismo.

Estamos demostrando con hechos que es correcto nuestro lema de que, por el bien de todos, primero los pobres. Así, los estados que más apoyos gubernamentales reciben son los que tienen mayor población indígena: Chiapas, Oaxaca y Guerrero, así como Yucatán y Campeche. Además, de todos los mexicanos, son los indígenas los que más atención obtienen de nuestro gobierno; casi el 100 por ciento de los hogares indígenas de todas las etnias y culturas del país, reciben, cuando menos, un programa de apoyo para el bienestar.

Además, nuestro gobierno promueve una constante reivindicación de la grandeza cultural de nuestros pueblos originarios; tenemos la convicción de que la regeneración del país solo podrá darse si se fortalecen sus valores morales y espirituales, y la mayor reserva de ellos se conserva en las comunidades indígenas y en las familias de México. Está demostrado que en los pueblos indígenas, pese a todo, se mantienen las tradiciones, las costumbres y la organización comunitaria -el tequio, la ayuda mutua, el respeto a los débiles, a los adultos mayores– y que en ellos hay más honestidad y menos violencia, y se practica más el amor al prójimo y el respeto a la naturaleza.

Compañero, Luis Arce, presidente del Estado Plurinacional de Bolivia:

Me permití hacer la anterior exposición porque deseo manifestar a usted y a su pueblo nuestro más amplio reconocimiento por la forma tan fraterna en que han atendido la justa demanda de los pueblos originarios de su país.

Bolivia es el mejor ejemplo a seguir en este importantísimo asunto; en Bolivia, luego de dictaduras y regímenes autoritarios entreguistas, llegó a la presidencia un indígena, Evo Morales y en 14 años cambió la realidad que imperaba de oprobio y desprecio a la población mayoritariamente indígena por una forma de vida fincada en la igualdad, el respeto a la pluralidad cultural y el progreso con justicia.

Usted, presidente Luis Arce, ha sido protagonista de esa transformación, porque fue el encargado de manejo de la economía y supo equilibrar crecimiento con bienestar.

Ustedes han logrado en Bolivia cosas espectaculares, maravillosas; han sido el país del continente con más crecimiento económico en más de una década; recuperaron los recursos naturales del país que estaban en manos de extranjeros; sacaron de la marginación a millones de familias pobres y, por si fuera poco, acabaron con el mito de que el pueblo es malagradecido, porque después del reciente golpe de Estado, en medio de amenazas y persecuciones, la gente humilde, los indígenas fueron a las urnas y votaron por usted, que ganó en las elecciones desde la primera vuelta con mucha ventaja. Esa lección de civismo y democracia es admirada por nosotros y por muchas otras personas, mujeres y hombres libres de nuestra América y del mundo.

Gracias por su visita a México digno presidente de Bolivia, Luis Arce Catacora.

Gracias de todo corazón.

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